Recuerdos de una procesión de gloria

Un día escribí ...
Ayer, no cabía un alfiler en Pagés del Corro.
Hacía tiempo que no veía tan bien a la Esperanza del otro lado del río. Con esa banda de cornetas y tambores, le ponemos el palio y ¿la sacamos así en la madrugá? De arte, quillo, de arte. Me gustó mucho.
Iba de gente delante pa pará un tren. Nosotros en un lateral (¿se puede hablar de lateral de algo indefinido?) veíamos a lo lejos los ciriales saliendo de Troya, serían sobre las nueve de la noche, y había salido a las seis y media.
Bueno, como iba diciendo.... andando como un misterio, y ¡qué lo es!, porque una Virgen de Gloria es un misterio, recordaba a esas fotos antiguas con Vírgenes sin palio que iban a evangelizar barrios, entonces extramuros, como el de Nervión, o por San Lázaro.
Pues, eso, que ya dio su revirá despacio, siempre con marchas, no se escuchó el tambor seco en Triana, con levantás a pulso aliviao, y más marchas de cornetas y tambores. Fijaos, que hasta me gustó lo de las velas en el paso, es que andaba como tiene que andar un paso, bien, bien, bien. Por mi que todas las madrugás fueran Pagés del Corro en Noviembre.
Y delante del paso, la comitiva iba ya por el Hotel Triana y la Virgen saliendo de la estrechez, una masa humana, ni policías, ni , si va bien así, con ese Carlos Herrera luciendo morenito Miami casi ayudando al patero izquierdo y más gente que en el Bistec a las dos de la tarde de la madrugá.
Tela marinera, ¿alguien sabe a que hora acabó todo?
Se rumoreaba que en cuaresma los titulares de la hermandad de las Aguas irían a Santa Ana, a la capilla de los Marineros, que pasarían por San Jacinto, prepararen entonces las cámaras de fotos porque ver el paso del Cristo de las Aguas en el Altozano será como entrar en la máquina del tiempo. Esperemos que de nuevo, Triana pueda burlar las burocracias de Palacio.


La niña de la calle Hélice


En ocasiones pasan, ocurren, suceden cosas dentro de nosotros que no podemos explicarnos, que no sabemos hacerlo sin que perdamos un poco de ese valioso tesoro que guardamos desde pequeños. Nadie quiere dejar de soñar.
Parte I
Julia, aguardaba las vacaciones de Semana Santa con ansiedad, con nervios, pensando en los días de campo en Cantillana junto a sus abuelos. Irían a montar a caballo junto con el tío Francis en la casita junto al río, en la Fábrica del Pedroso. Que buenos ratos había pasado con sus hermanos y primos en el riachuelo, corriendo y viendo beber a Pomelo, un caballo blanco con dos manchas marrones en el costado izquierdo. En Abril el tiempo es menos caluroso que en verano aunque siempre la lluvia pueda aparecer en cualquier momento y alguna vez pareciera más otoño que primavera. Y en la sierra mucho más.
Este año, uno más en la corta vida de Julia, que iba ya para once, sería especial, habría caballos en el arroyuelo de San Pedro y paseos por la mañana junto al abuelo pero había pedido a sus padres que le ayudaran a cumplir uno de sus deseos. Un anhelo secreto que no había contado a nadie, ni a Laura, ni a Gema. Algo le decía que no lo entenderían, que tendría que buscar y pensar una historia razonada que le sirviera de excusa, demasiadas explicaciones. Julia les había pedido a sus padres salir de nazarena en Semana Santa. Cuando lo dijo, lo soltó de sopetón, mientras cenaban durante un día caluroso del verano pasado, al padre casi se le va por el otro lado uno de los buches de tinto con limón que se estaba tomando. ¿Nazarena? pero…
Sí, quiero salir de nazarena – cortó rápidamente la niña como sabiendo que era el momento de soltar el rollo, sus planteamientos, su candidatura a una papeleta de sitio – y quiero hacerme hermana de la Virgen de los Dolores. Todos estos años he ido a ver hasta el miércoles bastantes procesiones, a veces con vosotros, otras con los padres de Laura, me encantan, eso ya lo sabéis, y que le hecho a Papá bajarse disco de agrupaciones y cornetas, que me lo paso muy bien, ahora quiero saber lo que es ser nazarena. En Sevilla, es normal, muchos pasan pero también hay muchos donde salir un día de nazareno es parte de sus vidas, como algo normal.
Sí, vale, vale, pero ¿la Virgen de los Dolores de dónde? – decía el padre frunciendo el ceño como buscando en un destartalado cuadrante mental con muchas lagunas.- ¿sabes que nosotros nos vamos al campo el puente de Semana Santa?
Julia se puso de pie y sacó de su bolsillo unas cuantas fotografías recortadas de algún sitio, Cautivo y Virgen de los Dolores, sale el sábado antes del Domingo de Ramos, por su barrio, que es la que tenemos más cerca. En mi colegio, hay dos que salen en ella, y viven por Las Camelias. Quiero ser nazarena de Torreblanca.
Tenemos que ir allí, un día, hacerme hermana, preguntar lo de la túnica, y algo más pero ya te lo dicen. Tengo unas ganas tremendas. No es un capricho. Quiero salir de nazarena.
Parte II
Carmen, ¿qué le pasa a la niña? Creía que caería redonda en el coche, que no llegaríamos a casa, pero está ahí despierta, que aguante, decía el padre de Julia mientras sintonizaba la radio y miraba hacía atrás y conducía, todo a la vez.
¿Te lo has pasado bien? Al final parece que hablabais mucho las tres que ibais delante. Un poco lejos del paso, ¿no?
Papá, es nuestro primer año, vamos junto a la Cruz de guía, para ir cerca del paso hay que llevar mucho tiempo, de momento es mejor, te controlan menos y si nos cansamos podemos apoyarnos en los coches, aunque sólo lo hice una vez, ¡eh!- hablaba Julia como si en juego estuviera su orgullo- una vez, que un niño dos años mayor se salió para beber y sentarse un rato con su abuela en la acera.
Es que tendrías que haberte salido, te lo dije, para ir al vater, descansar mientras cenábamos, no, la niña cabezona ahí, el primer año y aguantando, veras los pies mañana.
¿Qué hora es mamá?
Casi las dos de la mañana, del domingo, y antes de acostarme todavía tengo que recoger la ropa de la azotea. Pero esto ya no lo oía Julia, y no dormía, no, su cabeza, sus pensamientos estaban en otro sitio, en otro tiempo. Tan cerca pero tan lejos, toda una noche de lejos. No pudo evitar soltar varias lágrimas por sus cachetes y absorber con la nariz, queriendo evitar que nadie la viera llorar.
¿Y esta niña llorando ahora? ¿Si te puse tiritas para que no te rozaran los pies? ¿Qué te pasa Julia, hija?
Y, ahora Julia, en una mezcla de risa y llanto, cariño e incomprensión, se quedaba con su respuesta para sus sueños de avenidas y rotondas.
¿Cómo les explico que no lloro de pena sino de alegría, de emoción extraña y rara, qué ni yo misma me aclaro? Como les explico que hoy, ya, es Domingo de Ramos.

Los misterios del Jueves Santo


Dice mi amigo Juan que hay cofradías para ver desde la Cruz de guía hasta el último músico de palio. Y le digo a mi amigo Juan, hay una cofradía que hay que verla desde que sale de su iglesia hasta que se recoge… si queremos descubrir el misterio mejor guardado del Jueves Santo en Sevilla.
Matilde, como todos los años, había encalao la pequeña fachada de su casa, que da a esa parte de la calle Gerona que se estrecha y que cuando la pasamos con las prisas de este siglo que nos corre a gorrazos no sabemos si es cuesta arriba o cuesta abajo. A Matilde eso le daba igual, ella como todos los años, cumplía el ritual de sus vísperas, dejar blanca la linde de su calle para el paso de las cofradías. No lo reconoce en público pero los que la conocen dicen que pinta su fachada especialmente para su cofradía, de la que no era hermana aunque se desvivía por las cosas de su iglesia y de sus santos; y eso era suficiente. Además, que Matilde creció en una época en que las mujeres no estaban apuntadas a nada pero eran las que lo apuntalaban todo.
Por la Puerta Osario bajaban familias enteras, con carritos, bien arreglaos, de Jueves Santo, los chavales con sus jerséis a la cintura andaban deprisa mientras intentaban leer como podían las referencias del pograma, La Exaltación. Iglesia de Santa Catalina. Dos pasos. Nazarenos de cola, con túnicas blancas y antifaces morados, “daos prisa, venga, que no cogeremos sitio en la esquinita…”.
En esa esquina ya estaba Matilde, en primera fila, sentada con su silla del salón. Junto a ella, su sobrino Carlos, que de pie, serio y con un eterno cigarrillo en la boca parecía de cera. Sólo movía la mano derecha señalando a su tía y seguidamente en el sentido de la salida de la calle cuando algún grupito se paraba delante de ellos a charlar o a pensar en la estrategia a seguir. Buscar un hueco para doce no es nada fácil.
El que ha encontrado buen sitio es Santiago, el va solo a ver cofradías. Aunque si es Jueves Santo, como el suele decir en las tertulias de cuaresma con sus viejos compañeros de carrera, voy a ver la cofradía. Conoce de memoria recorrido y horarios, mejor que el diputado de cruz que precede al crucero donde se nos muestra jeroglíficamente la Pasión de Jesús .
Los Caballos la ve muchas veces y siempre entera. La cofradía ha conservado las medidas de la ciudad intramuros y se ha mantenido en lo que Santiago, y bastantes de los que comparten con él horas de barra e historia, han llamado la medida perfecta de la Sevilla imposible, el número áureo del capillita. Por eso se detiene con descaro mirando cada una de las túnicas de los hermanos, como llevan ajustado el esparto y como se llevan el cirio al cuadril. Sobretodo, como se llevan al cuadril el cirio los niños que abren los tramos de palio. Para él, esta es la cuna de los cofrades.
Con su cámara digital recoge el instante en que una madre nerviosa levanta el antifaz de su hijo para darle agua y le desabrocha algún botón de la camisa, a la vez, la madre, le recoge con un imperdible el antifaz. El niño no pierde en ningun momento la compostura, el con su cirio en alto hasta que el diputado lo mande bajar, sabe que está haciendo verdadera estación de penitencia.
Decenas de fotos después recogerá el preciso momento en que encorvao, acercándose a los respiraderos el capataz llama a Morales, el patero izquierdo de la última trabajadera, “esta levantá tiene que ir al cielo, está aquí sentada quien limpia todos los días su casa, t´os por igua valiente, ¡a esta eeeee!”. Quizás las lágrimas de la Virgen en ese momento no fueran de pena sino de alegría al ver a su hija más cercana abrazada a su capataz.
Estaba intranquilo Santiago, le había costado más de la cuenta salir de la calle Sor Ángela de la Cruz. “Cada vez hay más gente disfrutando de este día, parece que poco a poco lo vamos recuperando” iba pensando camino de un nuevo encuentro.
No le dio tiempo a mucho, cuando menos se lo esperaba se encontró con un hueco en primera fila, en el último tramo de Cristo. Decidió esperar, intuía que allí iba a poder averiguar y testimoniar lo que había leído, lo que verdaderamente se representa en el portentoso paso de la Exaltación de Cristo. Una cosa es lo que se ve y otra lo que realmente pasa, no hay explicación posible para las crónicas que relató un investigador alemán en sus viajes a España durante la década de los ochenta, cuando todavía nos miraban los europeos por encima del hombro.
Había escrito el de Baviera que en uno de los pasos de nuestra Semana Santa ocurrían cosas inexplicables, que en cada levantá había visto una lucha sin igual. Unos por elevar y comenzar el martirio de la crucifixión y otros por evitarlo, por dejarlo tumbado en el suelo, donde el dolor sin duda sería menor. Hacía notar el escritor que las caras de los sayones se encrudecían a medida que transcurría el tiempo, y se iban acercando a la noche del Viernes. Los costaleros constituidos en dos cuadrillas perfectamente talladas y listadas, iban relevándose por trabajaderas. El esfuerzo era sublime para evitar la tragedia, por conseguir que de vuelta, por la Alhóndiga, la cruz no se hubiera enderezado todavía.

Titiritero

Cuando me di cuenta ya era tarde. Tan lento de reflejos como siempre. Y si me hubiera dado cuenta tampoco hubiera podido. Y luego del error se pasó a la comodidad, bueno, a la búsqueda constante del camino rápido, el que evita coger el toro por los cuernos, esquivando, toreando mal.
Ahora sólo me queda oler el buen potaje desde lejos, remover con el cucharón de vez en cuando pero seguir lejos de la cocina. Sigo en el salón, y ni siquiera en el sofá. Me siento en el suelo.

Sin rumbo

Por ejemplo, un hombre que al azar va recorriendo calles y siguiendo a los viandantes. No hace nada más. Sólo sigue sus vidas. A algunos los acompaña seis minutos hasta la pescadería y alí cambia de razón y comienza el rastreo de una joven hasta la universidad.
Es un buen comienzo para un corto pero le falta mucho para poder rematarse en un buen cuento. Se le sacaría provecho visual. Aquí estamos para otra cosa. Al cajón.
¿Un final?
A nuestro hombre le da un infarto mientras come un bocadillo en el cesped de la universidad.

Personaje

Forma parte de un conjunto pero por ser como es, tan diferente, forma parte de ese conjunto. No por otra razón. Persona y personaje. Es Quijote y Sancho. Y como todos, tiene problemas con Dulcinea.
Insoportable en ocasiones, rezuma cariño en su mirada. No es nadie.
¡No es nadie el personaje!

Nulo

No acabo de encontrar el ritmo de escritura. Las ideas como pelotas de tenis golpean mis pensamientos. Al transcribiras quedan en nada, dan en la red y caen sin fuerzas sobre el papel en blanco.
Surgen los hilos de la historia pero quedan en nada y siguen el camino ya conocido, como el agua hacia la boca de un husillo. Un trueno no hace tormenta. Necesito un nudo fuerte que comenzar a desatar y personajes que puedan con la maroma del cuento. Hasta ahora sólo hay viento de levante muy flojo. Me pregunto cómo debe escribirse una historia.

Alas

Suben y bajan las escaleras de los peldaños. De dos en dos. En ocasiones se tirán por la baranda simulando las pistas de agua de un parque playero. Caen, se levantan. Más tiempo en el suelo con las manos que sobre las plantas de los pies. Poco tiempo en el aire.

Naturaleza cruda

Trozos de tierra sin dueño.
Dueños de trozos de tierra.
Las piernas ahondan el surco que antes las manos rompieron.
Las manos, las piernas, los cuerpos.
Los cuerpos que no tienen dueño.
Los dueños de sus cuerpos.

Dioses

No tienen caminos que no hayan experimentado, conocen hasta el último rincón del sitio, del tiempo que les ha tocado vivir. Y sin embargo tienen miedo del ayer. El mañana lo dominan, el presente lo viven, el pasado lo ignoran. Por eso temen hablar a la luz de una chimenea en una noche de invierno.