Proxima B

Rozando la frontera de septiembre se respira tanta ilusión por los nuevos proyectos tantas fotos de viajes impensables en las redes que me da cosa ahora cumplir mi misión. Tengo también mi corazón. Podrás pensar que viniendo de tan lejos pueda estar ausente de sentimientos. No, no es así. También he llegado a amar y a reir con los míos, y sentirme bien con los demás. Y algo queda, joder, algo queda. Algo quedaba. No debo flaquear y cumplir las razones por las que llegué hasta aquí. Irán cayendo uno a uno pero permíteme una frivolidad, algo propio del siglo XXI, un gusto especial, un placer personal. La primera cabeza en explotar que sea la del cuñado que publicó en Instagram que él ya sabía lo del planeta nuevo que se parece tanto a la Tierra.

Prólogo a una vida.

Curiosa la historia de Juan Lemos. Digo curiosa pero debería decir única porque tener 34 años y haber pasado entre horfanatos, reformatorios, centros de acogida y cárceles sólo un año en libertad consciente es un auténtico caso digno de estudio. Pero no es lo más sorprendente de Juan Lemos. No. Hay más.

En ese año de libertad le ocurrieron las cosas que ahora podrán leer tras este prólogo. Un año que acabó con su vida. Un año en el que tuvo un hijo, escribió este libro y quemó un bosque.

La bala.

Se dio cuenta de que una bala le había rozado la camisa cuando llegó a su casa. Se sentó a peso sobre el sofá y perdió la mirada que nunca más recuperaría al final de la habitación. Ni el ruido ocasionado por la Heckler al caer al suelo deslizándose desde su mano sudorosa le sacó del trance. Otra vez había disparado él antes pero una bala le había rozado la camisa...

El billete de vuelta.

Aquel consejo no me lo quiso cobrar. Supongo que llevaba bien llena la cartera para abusar o quien sabe pero aquel consejo fue definitivo para no volver más porque encerraba toda la verdad. De todas formas ya no podía volver más. Me había quedado sin dinero. Pagar por el silencio de un diván salpicado por alguna palabra de manual. No me fue mal si el objetivo era llegar hasta la fase, o mejor dicho, hasta la frase final.

Y allí estaba, en la estación, sentado en la inmensa recepción viendo pasar a la gente. No siempre acababa montado en un tren. Algunas veces, sí, cercanías o medias distancias. Está bien la sensación de huida aunque lleve uno el billete de vuelta en el bolsillo.

Pero iba todos los días a la estación a ver pasar a la gente. Me sentía feliz imaginando entre ruidos y prisas las historias de cada cual. Qué magníficos disolventes del ego son las estaciones de trenes.

Pim pam pum.

Fuera. La que has líao 2015. Ni el premio de tu última cifra tiene gracia. Mala puñalá te den.
Seguimos para bingo. Un abrazo a todos.

Por no estar donde hay que estar...

El momento mediodía de la nochebuena de mi amigo  Salvador...ya que no va al bar de abajo de su casa que es donde hay que ir...se pone en el Spotify el disco completo de villancicos de Parchis. Y una copita de anís u orujo  en la mesacamilla... se queda solo....huyen tres puertas a la redonda....por no estar donde hay que estar, en el bar de abajo de su casa escapando de la Navidad sin salir de ella. 

La extraña estrella. Y otros cuentos circundantes.

Las hojas del Alamillo han puesto color de bosque mediterráneo a una semana que termina. Y es la primera sin tenerte. Cada momento que ha pasado y los que vendrán me dejarán siempre la duda de lo que hubieras hecho en mi lugar. ¡Joder! Esta reducción al absurdo sin tiza suficiente para seguir desarrollando la ecuación. Y esta misma mañana ya has venido a ayudarme sin que te lo pidiera. 

No hace tanto frío como para no poder asomarme fuera. Y miro y observo. Busco lo que me contaron que un día ocurriría si pasaba lo que pasó. Busco ser testigo de aquello a lo que no tendría alcance de natural al no ser uno de los vuestros, al menos, con papeles. Le tenía demasiado respeto, no miedo, porque aprendiendo contigo, las matemáticas nunca eran el enemigo. Me enseñaste que eran el mejor aliado con el que entrar en cualquier batalla, como la lógica, como la filosofía, como la música, como el arte, como la ciencia... como la vida. Por no hablar de cocina, humor y la proporción aurea...

Pero volvamos...

Leí, sin echarle mucha cuenta al cuento, que sólo los propios matemáticos pueden ver la señal esa que ahora buscaba entre las luces de la ciudad. Y me subí a la azotea para tener una mejor visión. Y negando ya mi fortuna iba a batirme en retirada pero recordé que había una excepción ampliable a cualquiera que de una u otra forma hubiera recibido alguna vez parte de sus enseñanzas...de haber sido un buen matemático bueno dedicado a enseñar a querer lo que se enseña...y allí estaba la estrella con una forma única, infinita y poderosa, entre las otras. Una extraña estrella con forma de π.

Que en una noche cualquiera podréis verla fija en el cielo pero en las noches de luna llena se ubica en el redondel trazando mágicamente la recta de Euler dentro de un imaginario triángulo.

A mi padre.