La niña de la calle Hélice


En ocasiones pasan, ocurren, suceden cosas dentro de nosotros que no podemos explicarnos, que no sabemos hacerlo sin que perdamos un poco de ese valioso tesoro que guardamos desde pequeños. Nadie quiere dejar de soñar.
Parte I
Julia, aguardaba las vacaciones de Semana Santa con ansiedad, con nervios, pensando en los días de campo en Cantillana junto a sus abuelos. Irían a montar a caballo junto con el tío Francis en la casita junto al río, en la Fábrica del Pedroso. Que buenos ratos había pasado con sus hermanos y primos en el riachuelo, corriendo y viendo beber a Pomelo, un caballo blanco con dos manchas marrones en el costado izquierdo. En Abril el tiempo es menos caluroso que en verano aunque siempre la lluvia pueda aparecer en cualquier momento y alguna vez pareciera más otoño que primavera. Y en la sierra mucho más.
Este año, uno más en la corta vida de Julia, que iba ya para once, sería especial, habría caballos en el arroyuelo de San Pedro y paseos por la mañana junto al abuelo pero había pedido a sus padres que le ayudaran a cumplir uno de sus deseos. Un anhelo secreto que no había contado a nadie, ni a Laura, ni a Gema. Algo le decía que no lo entenderían, que tendría que buscar y pensar una historia razonada que le sirviera de excusa, demasiadas explicaciones. Julia les había pedido a sus padres salir de nazarena en Semana Santa. Cuando lo dijo, lo soltó de sopetón, mientras cenaban durante un día caluroso del verano pasado, al padre casi se le va por el otro lado uno de los buches de tinto con limón que se estaba tomando. ¿Nazarena? pero…
Sí, quiero salir de nazarena – cortó rápidamente la niña como sabiendo que era el momento de soltar el rollo, sus planteamientos, su candidatura a una papeleta de sitio – y quiero hacerme hermana de la Virgen de los Dolores. Todos estos años he ido a ver hasta el miércoles bastantes procesiones, a veces con vosotros, otras con los padres de Laura, me encantan, eso ya lo sabéis, y que le hecho a Papá bajarse disco de agrupaciones y cornetas, que me lo paso muy bien, ahora quiero saber lo que es ser nazarena. En Sevilla, es normal, muchos pasan pero también hay muchos donde salir un día de nazareno es parte de sus vidas, como algo normal.
Sí, vale, vale, pero ¿la Virgen de los Dolores de dónde? – decía el padre frunciendo el ceño como buscando en un destartalado cuadrante mental con muchas lagunas.- ¿sabes que nosotros nos vamos al campo el puente de Semana Santa?
Julia se puso de pie y sacó de su bolsillo unas cuantas fotografías recortadas de algún sitio, Cautivo y Virgen de los Dolores, sale el sábado antes del Domingo de Ramos, por su barrio, que es la que tenemos más cerca. En mi colegio, hay dos que salen en ella, y viven por Las Camelias. Quiero ser nazarena de Torreblanca.
Tenemos que ir allí, un día, hacerme hermana, preguntar lo de la túnica, y algo más pero ya te lo dicen. Tengo unas ganas tremendas. No es un capricho. Quiero salir de nazarena.
Parte II
Carmen, ¿qué le pasa a la niña? Creía que caería redonda en el coche, que no llegaríamos a casa, pero está ahí despierta, que aguante, decía el padre de Julia mientras sintonizaba la radio y miraba hacía atrás y conducía, todo a la vez.
¿Te lo has pasado bien? Al final parece que hablabais mucho las tres que ibais delante. Un poco lejos del paso, ¿no?
Papá, es nuestro primer año, vamos junto a la Cruz de guía, para ir cerca del paso hay que llevar mucho tiempo, de momento es mejor, te controlan menos y si nos cansamos podemos apoyarnos en los coches, aunque sólo lo hice una vez, ¡eh!- hablaba Julia como si en juego estuviera su orgullo- una vez, que un niño dos años mayor se salió para beber y sentarse un rato con su abuela en la acera.
Es que tendrías que haberte salido, te lo dije, para ir al vater, descansar mientras cenábamos, no, la niña cabezona ahí, el primer año y aguantando, veras los pies mañana.
¿Qué hora es mamá?
Casi las dos de la mañana, del domingo, y antes de acostarme todavía tengo que recoger la ropa de la azotea. Pero esto ya no lo oía Julia, y no dormía, no, su cabeza, sus pensamientos estaban en otro sitio, en otro tiempo. Tan cerca pero tan lejos, toda una noche de lejos. No pudo evitar soltar varias lágrimas por sus cachetes y absorber con la nariz, queriendo evitar que nadie la viera llorar.
¿Y esta niña llorando ahora? ¿Si te puse tiritas para que no te rozaran los pies? ¿Qué te pasa Julia, hija?
Y, ahora Julia, en una mezcla de risa y llanto, cariño e incomprensión, se quedaba con su respuesta para sus sueños de avenidas y rotondas.
¿Cómo les explico que no lloro de pena sino de alegría, de emoción extraña y rara, qué ni yo misma me aclaro? Como les explico que hoy, ya, es Domingo de Ramos.

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