Los misterios del Jueves Santo


Dice mi amigo Juan que hay cofradías para ver desde la Cruz de guía hasta el último músico de palio. Y le digo a mi amigo Juan, hay una cofradía que hay que verla desde que sale de su iglesia hasta que se recoge… si queremos descubrir el misterio mejor guardado del Jueves Santo en Sevilla.
Matilde, como todos los años, había encalao la pequeña fachada de su casa, que da a esa parte de la calle Gerona que se estrecha y que cuando la pasamos con las prisas de este siglo que nos corre a gorrazos no sabemos si es cuesta arriba o cuesta abajo. A Matilde eso le daba igual, ella como todos los años, cumplía el ritual de sus vísperas, dejar blanca la linde de su calle para el paso de las cofradías. No lo reconoce en público pero los que la conocen dicen que pinta su fachada especialmente para su cofradía, de la que no era hermana aunque se desvivía por las cosas de su iglesia y de sus santos; y eso era suficiente. Además, que Matilde creció en una época en que las mujeres no estaban apuntadas a nada pero eran las que lo apuntalaban todo.
Por la Puerta Osario bajaban familias enteras, con carritos, bien arreglaos, de Jueves Santo, los chavales con sus jerséis a la cintura andaban deprisa mientras intentaban leer como podían las referencias del pograma, La Exaltación. Iglesia de Santa Catalina. Dos pasos. Nazarenos de cola, con túnicas blancas y antifaces morados, “daos prisa, venga, que no cogeremos sitio en la esquinita…”.
En esa esquina ya estaba Matilde, en primera fila, sentada con su silla del salón. Junto a ella, su sobrino Carlos, que de pie, serio y con un eterno cigarrillo en la boca parecía de cera. Sólo movía la mano derecha señalando a su tía y seguidamente en el sentido de la salida de la calle cuando algún grupito se paraba delante de ellos a charlar o a pensar en la estrategia a seguir. Buscar un hueco para doce no es nada fácil.
El que ha encontrado buen sitio es Santiago, el va solo a ver cofradías. Aunque si es Jueves Santo, como el suele decir en las tertulias de cuaresma con sus viejos compañeros de carrera, voy a ver la cofradía. Conoce de memoria recorrido y horarios, mejor que el diputado de cruz que precede al crucero donde se nos muestra jeroglíficamente la Pasión de Jesús .
Los Caballos la ve muchas veces y siempre entera. La cofradía ha conservado las medidas de la ciudad intramuros y se ha mantenido en lo que Santiago, y bastantes de los que comparten con él horas de barra e historia, han llamado la medida perfecta de la Sevilla imposible, el número áureo del capillita. Por eso se detiene con descaro mirando cada una de las túnicas de los hermanos, como llevan ajustado el esparto y como se llevan el cirio al cuadril. Sobretodo, como se llevan al cuadril el cirio los niños que abren los tramos de palio. Para él, esta es la cuna de los cofrades.
Con su cámara digital recoge el instante en que una madre nerviosa levanta el antifaz de su hijo para darle agua y le desabrocha algún botón de la camisa, a la vez, la madre, le recoge con un imperdible el antifaz. El niño no pierde en ningun momento la compostura, el con su cirio en alto hasta que el diputado lo mande bajar, sabe que está haciendo verdadera estación de penitencia.
Decenas de fotos después recogerá el preciso momento en que encorvao, acercándose a los respiraderos el capataz llama a Morales, el patero izquierdo de la última trabajadera, “esta levantá tiene que ir al cielo, está aquí sentada quien limpia todos los días su casa, t´os por igua valiente, ¡a esta eeeee!”. Quizás las lágrimas de la Virgen en ese momento no fueran de pena sino de alegría al ver a su hija más cercana abrazada a su capataz.
Estaba intranquilo Santiago, le había costado más de la cuenta salir de la calle Sor Ángela de la Cruz. “Cada vez hay más gente disfrutando de este día, parece que poco a poco lo vamos recuperando” iba pensando camino de un nuevo encuentro.
No le dio tiempo a mucho, cuando menos se lo esperaba se encontró con un hueco en primera fila, en el último tramo de Cristo. Decidió esperar, intuía que allí iba a poder averiguar y testimoniar lo que había leído, lo que verdaderamente se representa en el portentoso paso de la Exaltación de Cristo. Una cosa es lo que se ve y otra lo que realmente pasa, no hay explicación posible para las crónicas que relató un investigador alemán en sus viajes a España durante la década de los ochenta, cuando todavía nos miraban los europeos por encima del hombro.
Había escrito el de Baviera que en uno de los pasos de nuestra Semana Santa ocurrían cosas inexplicables, que en cada levantá había visto una lucha sin igual. Unos por elevar y comenzar el martirio de la crucifixión y otros por evitarlo, por dejarlo tumbado en el suelo, donde el dolor sin duda sería menor. Hacía notar el escritor que las caras de los sayones se encrudecían a medida que transcurría el tiempo, y se iban acercando a la noche del Viernes. Los costaleros constituidos en dos cuadrillas perfectamente talladas y listadas, iban relevándose por trabajaderas. El esfuerzo era sublime para evitar la tragedia, por conseguir que de vuelta, por la Alhóndiga, la cruz no se hubiera enderezado todavía.

1 comentario:

Ricardo dijo...

Este texto me lleva a una Cuaresma de 2006.

Amigos, sentimientos compartidos en una red de corazones cofrades y cofradieros.

Gracias hermano. Adelante.