La cuesta de Bonavista

Desde lejos parecía un caballero andante, le pesaba hasta el andar, el corazón bombeaba a ritmo lento, la cuesta de Bonavista se estaba haciendo interminable. Con lo ligerito que va uno a la playa, eso lo diría porque no había ido a esas playas en las que en un día de los buenos, un domingo de Julio, el campamento de San Fernando en la Buhaira era un puesto del Charco la Pava al lado de lo que montan algunos pero sigamos la pendiente que subía con las dos botas en la mano enganchadas por un curioso sistema en forma de letra t, y al hombro las tablas, y a la espalda la mochila. Y puesto, el mono. Empezaba a sudar como un pollito. No es que el lorenzo pegara con mucha intensidad, casi atardecía, estaba en pleno invierno y a más de mil metros sobre la desembocadura de cualquier río… Tiempos pasados, la realidad le llevaba a la cuesta de Bonavista, le había dejado el autobús junto a los compañeros, todos los lunes el gobierno le subvencionaba el día de esquí, de Navidad a Semana Santa, de Pascua a Pascua. No se le daba mal para no haber visto la nieve hasta hacía más bien poco, y recordaba como le brillaron los ojos el día que desde la clase vio caer aquellas extrañas estrellas del cielo, ¿puedo salir al balcón?, y le dieron permiso entre risas de los compañeros, y las miró, intentó cogerlas, la lentitud con que se depositaba en el suelo les sorprendió, y como la física tiene cosas tan maravillosas que tiempos más tarde le recordarían las pruebas de velocidad en un velódromo, cosas de quien constantemente lo relaciona todo y cree que un aleteo de una mariposa en Tokio puede inclinar eternamente una cuesta en pleno valle pirenaico. Tanto pensamiento, tantas idas y venidas con las ocurrencias le llevó a la puerta de sus casa. La meta. Carga y descarga. Que bien dormiría esa noche. No se había caído más que tres veces. Tampoco estaba mal para un canijo como él que sin darse cuenta estaba de nuevo construyendo personajes para un cuento que todavía no había comenzado. O eso creía él.

9 comentarios:

Joana dijo...

Pero que bien has descrito como se siente uno al final de un día de esquí! Lo que acontece en Tokyo está claro que puede tener una repercusión en cualquier valle pirenaico por escondido y pequeño que sea. Por cierto, a la playa se va ligerito?. Cuando de pequeña mi madre me utilizaba de porteadora, no me daba esa sensación!, arrastrar esa tumbona de casa hasta la playa.
Sin saberlo de pequeño ya estabas creando tu blog.

La gata Roma dijo...

Hombre, a mí el “Efecto mariposa” no me lo quites que el caos se empieza a desmantelar así.
Los que nunca hemos visto nevar resultamos cómicos. Aún recuerdo cuando me quedé debajo de aquella nevada, sólo por ver que pasaba, y la ilusión cuando ví que mi mono de ski se volvía blanco, y la cazadora, dejando mi loock anarquista negro y rojo… Lo malo es que se te olvida que eso es agua helada, y en fin, pasé toda aquella tarde arriba y abajo con la melena (que pelo tenía yo entonces) chorreando.
Una semana enferma, pero mereció la pena, totalmente.
Tu relato es grandioso, por todo lo que se lee y por lo que me ha hecho recordar.
Kisses

panterablanca dijo...

Donde yo vivo no suele nevar casi nunca, pero alguna vez sí. Y es bonito al principio, cuando la nieve parece una sábana blanca recién estrenada cubriéndolo todo. Pero sólo al principio. Luego, los coches empiezan a circular y van ensuciando la nieve hasta convertirla en algo gris y feo. Es cierto, no me gusta la nieve, porque es muy bonito verla caer, pero no deja de ser hielo. Demasiado fría y aburrida para un ser tropical como yo.
Mordisquitos de pantera.

Tormenta. dijo...

Hacía tiempo que no venía por aquí, pero me alegro de volver,
Besos majo.

costalero gruñón dijo...

a quién se le cuente que siendo granaíno no he subido a esquiar en mi vida, creo que no se lo creería, sobre todo si es aficionado, jejeje, diría eso de 2Dios le da habas a quien no las puede roer". Pero el caso es que tampoco me ha hecho falta, por suerte, casi cada invierno mi tierra se viste de blanco, y sólo tengo que abrir la ventana, o bajar al parque a disfrutar de ella..

http://www.pueblos-espana.org/andalucia/granada/granada/Desde+el+Albaicin/

saludos

costalero gruñón dijo...

http://www.pueblos-espana.org/andalucia/granada/granada/La+Alhambra+nevada+10+enero+2003/

perdón por el error...éste es el enlace que te quería poner.

saludos
Luis

Luz de Gas dijo...

Que agradable y bienvenida la entrada con la calor que hace hoy e internarnos en este mundo que nos has traido tan sugestivo.

Es un maravilloso cuento, precioso.

Mi recuerdo más bonito de la nieve fue en Ávila que cayó la de San Quintín, la habitación tenía un tragaluz que abrí y tendido en la cama me iba cayendo la nieve sobre la cama.

Un abrazo Antonio

Joana dijo...

A mi me encanta el frío y la nieve. Ver la nieve caer, tan silenciosa, que no se oye nada, es un placer. Tiene sus cosas malas, pero no vamos a pensar en ellas, con lo bonito que es. Que haría yo sin nieve en invierno?

El callejón de los negros dijo...

Recuerdo un día de San José por la mañana, abrí la ventana que daba al valle, ese valle que te obligaba a agachar la cabeza si querías ver el cielo. Azul. Azul. Blanco todo lo demás. Impresionante. Como la foto del amigo granaino pero sin el embrujo de los amigos nazaritas aunque con la austeridad de una capilla románica incrustada en una infinita mirada perdida. Tiempos pasados.

En el Callejón hace tiempo que ya no nos hace falta la sal para evitar la helada...

Antonio